Corao es una de las localidades más dinámicas del concejo de Cangas de Onís. Ubicado en un valle abierto y llano y surcado por las aguas del río Güeña, este pueblo combina su tradición ganadera con negocios de hostelería y turismo rural pero alberga un ingenio hidráulico de más de tres siglos de antigüedad que sigue a pleno rendimiento. Bernardo Bulnes, su propietario y tercera generación al frente, nos explica la historia y el funcionamiento del único molino en activo en toda la zona y las dificultades a las que se enfrentan para seguir manteniendo su actividad. “El molino era de los terratenientes del pueblo. José Bulnes, que era mi abuelo, volvió de Cuba y se lo alquiló. Después de la guerra, lo pusieron en venta, lo compró y aquí seguimos”, resume el molinero, quien tomó el relevo de sus padres en 1985. Tantos años de labor ininterrumpida han forjado el carácter de Bulnes, quien compagina las tareas del ingenio con la ganadería y el cultivo de maíz. “A lo largo de los años hemos visto muchas riadas y sequías. El río puede bajar enfadado un par de días, pero siempre vuelve a su cauce”, apunta.

En cuanto al funcionamiento del molino, el cangués explica que “no embalsamos el agua, sino que la cogemos mediante un desvío y la devolvemos después de pasar por las muelas. No somos una central eléctrica. Si hay agua para una muela, la ponemos a trabajar. No esperamos a tener agua para las cuatro de las que disponemos”, añade. El método de cobro para las moliendas externas sigue siendo la tradicional maquila. “La maquila consiste en que nos quedamos con el 10% de cada molienda que nos traen, lo que conlleva que los molineros tengamos mala fama en el refranero popular, por ejemplo: quien dijo maquilar, quiso decir robar o molinero y ladrón, dos cosas suenan y la misma son”, añade entre risas. Respecto al motivo, Bernardo Bulnes señala que “al moler el maíz y convertirlo en harina, esta aumenta de volumen. Muchas veces llega alguno con maíz para moler y me pregunta si tiene que pagar. Cuando le digo que no es necesario, se va contento porque piensa que es gratis, pero Carmen, mi mujer, ya se ocupó de maquilarla”.

 

Los cambios no han sido ajenos a la actividad del molino y sus clientes. Según Bulnes, “al principio molíamos para gente que cultivaba el maíz, pero cada vez tenemos que abarcar más radio porque hay menos personas que siembren y menos molinos. Antes era impensable que viniera una molienda desde Villaviciosa o desde Cantabria y ahora nos resulta habitual”. Para su propietario, una de las razones que hacen que el molino de Corao siga en activo es que “estamos en un valle y ubicados en un pueblo muy accesible”.

Trabas administrativas

Pese a las ventajas de su molino frente a otros que se fueron desmontando y abandonando en la ribera del Güeña, a Bernardo Bulnes hay otras preocupaciones que le inquietan. “Sacaron una normativa europea en la que nos exigen poner un contador de agua. Tengo una concesión y, si paso de 430 litros, tengo que instalar un sistema muy complejo de seguimiento remoto para que puedan saber la cantidad de agua que utilizamos. Pero el caudal no es el mismo en verano que en invierno”, explica el molinero, quien considera desproporcionada la medida porque “nosotros no nos quedamos ni con una gota de agua y tampoco somos una gran fábrica que pueda asumir esos costes”. En cuanto a medidas sanitarias e inspecciones oficiales, Bulnes explica que “respetamos todas las normas que nos exigen pero no le veo sentido a alguna de ellas. Por ejemplo, tuvimos que poner redes metálicas en las ventanas por si nos entraban las moscas, pero es muy difícil que lo hagan por la densidad del polvo que hay en la atmósfera de un molino. En todos los años que llevo aquí, en la vida vi ningún insecto dentro”. Otra de las exigencias es que los molinos dispongan de un imán para que no se cuelen metales en las moliendas. Según Bulnes, “el que hizo este molino sabía más que ellos porque tenemos un pozo decantador en el eje, por donde cae lo que más pesa, como una piedra o un metal no magnético, materiales para los que no sirve un imán”. Ante tales circunstancias, el cangués asegura que “un molino es como una mina. Tiene que estar en funcionamiento y servir para poder conservarlo pero, si nos siguen apretando, terminaremos cerrando todos. Yo tengo más miedo a las cartas certificadas amenazantes que a las riadas”, sentencia sin perder el sentido del humor. Respecto a planes de futuro y relevo generacional, Bulnes destaca que “nos ayuda uno de mis hijos y, si quiere, mantendrá la tradición. Dependiendo de los obstáculos que nos pongan habrá relevo, pero no se puede vivir solo de moler maíz. Es un complemento de la huerta y de la ganadería”.